Una agenda cultural caducada – by Fräulein Altmodisch

Una agenda cultural caducada – by Fräulein Altmodisch

Son las 23h y me ha dado por escuchar Marina and the Diamonds, no me preguntéis porque. Hace una semana ya, la cosa oscila entre Oh No y Rootless, el año pasado por estas mismas fechas también escuchaba este disco, pero entonces la cosa estaba más bien entre Are you Satisfied? y Shampain. Habré pasado de drinking champagne to forget yesterday a I’ve got nowhere to go.
De todos modos poco importa eso, porque me apetecía hablar de la agenda cultural. El martes de la semana pasada fui al Teatro el Galpón con elisenda a ver “Cinco horas con Mario” de Miguel Delibes, una obra muy española. Muy de la España profunda, de la España de la posguerra, de la dictadura, provinciana, casposa, prejuiciosa, castiza. Una obra absolutamente genial. Lo cierto es que nunca la había visto. Conocía el argumento puesto que como toda adolescente con un mínimo de neuronas en funcionamiento, a la hora de la clase de literatura, había podido oír hablar al mejor profesor de literatura de todos los tiempos (Miguel Ángel Gómez de nombre) del Señor Delibes. Es más, había podido leer algún cuento que otro del autor, conocer su biografía, su afición por la pesca, y muchos otros detalles que contaba con ojos brillantes el Señor Gómez. Pero nunca había visto la obra. La obra de hecho es un monólogo. En la agradable sala envolvente nos sentamos alrededor del rectángulo que servía de escenario. En el centro un ataúd, el de Mario, el difunto. La recién enviudada esposa llega para el velatorio de Mario, y entonces, se pone a hablar con él, y le habla, durante cinco horas que parecen una, o durante una que parecen cinco. Ella es una mujer de unos cincuenta años, se supone, supuse, tiene canas y unas piernas preciosas. El vestuario es perfecto, esos zapatos que hoy en día parecen de abuela pero entonces eran de señora, el chal de lana, la falda por debajo de la rodilla, está muy cuidado, y la poca piel que se le ve, las piernas bajo las medias, tiene un punto sexy, provocador e inocente a la vez. Me gusta esa señora, es tan sincera, tan suya, tan auténtica, tan inconscientemente incitante. Al salir del teatro es pronto y la temperatura es muy agradable, de noche de verano. Tengo ganas de debatir sobre los piropos, la semana pasada venía en El País un artículo intitulado “Lento adiós al piropo” que me dio mucho que pensar. Al cielo todavía le da tiempo de regalarnos una tormenta de diez minutos, volviendo impasible, a continuación, al estado anterior, de noche de verano. Casi no sopla el viento, gritar “que buena que estás” desde lejos o susurrarlo a la oreja no es lo mismo, la obra me ha encantado.
El jueves fui con paula al Sodre, era nuestra primera vez allí, en aquel edificio grande, imponente, alto, lindo y desconcertantemente situado en un cruce cualquiera nada vistoso. Supongo que eso fue lo primero que nos interpeló, el lugar en el que habían decidido levantar el Ballet Nacional: dos calles no-principales, dos calles cualquiera, casi anónimas, pero a la vez tan cerca de una de las grandes arterias de la ciudad. Escondido, a dos pasos de 18 de Julio, a dos pasos de Plaza Independencia, invisible y a la vez, imposible de no ver. Dentro, luz, mucha luz, y escaleras anchas, alfombras rojas, acomodadores de traje y mucha gente. Con vestidos vaporosos, con traje y camisa pero sin corbata, con zapatillas converse y pitillos de colores, con flequillo y sin él, con sandalias o botines, cada cual con su entrada iban llegando y subían aquellas bonitas escaleras. Íbamos a ver “Un tranvía llamado deseo” y yo no había visto la película. De hecho, a día de hoy sigo sin haber visto ni la película ni la obra de teatro. Pero vale la pena ir a ver cosas sin saber absolutamente nada de ellas, para aprender más siempre hay tiempo, pero la sensación del primer contacto con una historia es única, y no es lo mismo que sea en blanco y negro y con diálogos que bailada pero sin narración. En ese caso, los cuerpos y la música te cuentan la historia, tu entiendes lo que quieres, y construyes tu propia versión, y cuanto más abstracto te parezca el modo de comunicación, más magia necesitas para construir la historia, tu historia. Sobre la música diré que me resultó angustiante, cosa que no debería ser sorprendente, pues la historia es angustiante, y parece ser que eso es así tanto en la versión que yo me inventé, como en la de verdad. Sobre las imágenes me gustaría demorarme un momento en algunos fotogramas que me parecieron especialmente maravillosos. Había uno en la que una masa gigante avanzaba en el escenario hacia ella. La masa gigante la representaban montones de bailarines y bailarinas que se arrastraban o levantaban según les tocaba, y eran iluminados en su trayecto por una especie de luz azul que hacía que realmente parecieran un gran conjunto, una “cosa”. Hubo también dos coitos que me parecieron especialmente bellos, y dolorosos, a la vez. Me disculpareis por emplear el término coito, tal vez suene un tanto técnico. Lo cierto es que los bailes eran tan brutales, los cuerpos se seguían tan bien y tan mal, que las escenas de sexo eran bellas en el absoluto, bellas como la belleza, bellas como el dolor, como la tragedia, como la oscuridad, como perderse. El vestuario me pareció simple pero cuidado. Las prendas justas, ni una más ni una menos, cortes ligeros, ningún detalle innecesario. Y lo más importante, subían y bajaban, se movían, se levantaba y caían, justo cuando debían, para enseñar y tapar los cuerpos en el momento adecuado. A mi en cambio, las polleras se me suelen volar en el momento más inoportuno.
El sábado fui con sama y vitto a ver “Los de siempre” al Solís. Ya había estado en la sala pequeña, pero esta vez nos tocó primera fila, a nivel del escenario, estábamos tan cerca de los actores que podía oír su respiración. Se trata de una obra que son dos obras. “Canillita” y “En familia”, las dos de Florencio Sánchez. Son dos historias, dos familias, dos clase sociales, que con la facilidad de las cosas naturales, se convierten en una sola. Lo primero que me llamó la atención fue la indumentaria de la familia burguesa. Vestían todos de blanco, bueno más bien de color crudo. Llevaban todos zapatos preciosos, botines, richelieues, botas, zapatos de salón, todos blancos, de piel, lindos, preciosos, elegantes, me los habría llevado todos a mi casa, ¿disculpen de dónde sacaron esos zapatos? Los quiero. Luego estaban los vestidos y los trajes, como de época, bueno, como de principios del siglo pasado, que maravilla de vestuario. La bajeza, el egoísmo, la imagen, la mentira, el engaño y la pereza. La miseria, el amor, el hambre, la honestidad y la resignación. La familia humilde vestía con esa indumentaria tan representativa de las clases menos agraciadas, a la vez tan autóctona y particular y a la vez trasnacional e intemporal. Siempre me ha intrigado esa estética. El misterio de la ropa plancha. El chandalismo. Misterio para mi, claro, seguramente para otras personas el misterio resida en la inmensidad de las gafas de pasta. Lo cierto es que he podido observar durante años la reproducción de esta estética en diferentes países y continentes, con variantes y particularidades, pero siempre con una misma línea común que no sabría explicar, pero que conforma toda su esencia. No había visto ninguna de las dos obras por separado, pero me sorprendió la facilidad, el modo perfecto en el que encajaban las dos historias, si nadie me hubiera avisado, habría creído tranquilamente que de una sola historia se trataba. Reconocí el cinismo, ese cinismo posmoderno tan característico, era una obra uruguaya, punzante, cínica, espeluznante. Lo sabes porque las carcajadas son en realidad lamentos, porque las miradas son puñales y las frases tienen todas varios sentidos, porque el mate quema, y el termo te puede matar. Me gustó, incluso me pareció corta, quizás me quedé con ganas de verla de nuevo, una segunda vez, para estar segura. La noche no era como la del martes, era más fría, el cielo no regalaba tormentas pero se había robado unos cuantos grados, por suerte cuando amaneció en la playa, el sol calentó mis pies, a quien se le ocurre salir en sandalias, aunque intenten engañarnos, estamos en otoño.
Fräulein Altmodisch – http://frauleinaltmodisch.tumblr.com/

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...
moderna con gafas

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

You may use these HTML tags and attributes: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>